El techo de cristal

Businessman goalkeeper with gloves  in a acrobatic pose with a soccer ball isolated in white

Estaba a punto de dejarlo. Había jugado de arquero toda mi vida pero como estaba llegando a los 30 estaba empezando a considerar el ajedrez como un deporte extremo.

Ese verano, muchos, muchos años atrás, me lucí jugando un amistoso. También se lució  el otro arquero. Después del partido, nos felicitamos mutuamente. Yo le dije que probablemente esa fuera mi última temporada.

“¿Por qué?”, me preguntó.

“Bueno, ya estoy un poco viejo, tengo más de 30”.

Frunció el ceño enojado, desilusionado con mi respuesta.

“¿Qué !*%$!? Yo tengo 42, y como viste, ¡estoy lejos de ser demasiado viejo para jugar!”

Y ¿sabés qué?, tenía razón.

Entonces hoy, preparándome para la liga oficial, jugué con mi enésimo equipo, el Vallvidrera Senglars. Atajé un penal y me felicitaron por mi desempeño – a los 47. Pero lo más importante es que disfruté cada minuto del partido.

Pero, como dije, años atrás iba a cometer un gran error. No era mi cuerpo el que decía que tenía que dejar el fútbol, era mi cabeza, que me autosaboteaba con la idea de un cómodo futuro de blanditos sofás, tele y pijama.

El otro día escuché hablar de Diana Nyad. Tal vez vos también: intentó cruzar de Cuba a EEUU, nadando más de 160 kilómetros a mar abierto. Estuvo cerca de hacerlo, pero una lesión inesperada, un ataque de asma y una corriente muy fuerte la hicieron desistir después de 30 horas de titánico esfuerzo.

El solo hecho de plantearse ese objetivo es de por sí notable, ya que nunca lo logró ningún hombre o mujer, pero mucho más notable es intentarlo a los 61 años – con un hombro lesionado.

Y qué estimulante es eso para mí, que ahora sé que puedo jugar fútbol oficial muchos años más si yo quisiera. Mi mujer se podrá quejar, pero está claro que es posible. (Y además, ella siempre se queja de todo).

Diana declaró que su cuerpo puede no ser tan bueno como 30 años atrás, pero que su espíritu es mucho más fuerte a los 61. A medida que perdemos un poco de fuerza por un lado, nuestra mente prodigiosa lo compensa por otro.

Pero tenés que dejar que tu mente sueñe, y que tus sueños manden. Podés ir donde quieras. Solamente hay que elegir.

Entonces rompé ese techo de cristal, y a ganar la medalla de oro. ¿Pero qué es el oro? Solo vos tenés la respuesta.

Si estás en IT, podrías intentar ser el CIO. Si ya sos el CIO, podrías sentarte en la Junta Directiva. Podrías ser el Chief Visibility Officer y marcar la diferencia. Podrías ser otro Steve Jobs y dejar tu huella en el mundo.

Y fuera de la oficina, podrías llegar a la luna.

Te puede ir mal, pero no te olvides: Diana entrenaba doce horas por día. Lo que sea que quieras hacer, si es valioso, te va a costar. Hay que estar dispuesto a pagar ese precio, que muchas veces incluye tener una voracidad insaciable de conocimiento, trabajar fuerte, y disciplina. Generalmente, vale la pena: será tu sueño, pero estarás despierto.

Lo único que no te aconsejaría intentar ser es arquero del Vallvidrera Senglars. Ese puesto ya está bien cubierto, sabés.

5 pensamientos en “El techo de cristal

  1. Pingback: Algunos apuntes sobre El techo de cristal | The Visibility Blog en Castellano

    • Y, tuve un buen mentor, un querido compañero de colegio que me entusiasmó más todavía y me enseñó un montón. Se llamaba Tito Martella. ¡Gracias, Tito!

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